Una casa para el arte en cualquier parte

Noticias | Miércoles 24 de julio de 2019
Mario Sánchez
teatrodetritus@gmail.com

Esta es una mirada íntima y cercana a las circunstancias que suceden tras la puerta de una casa teatral. Una reflexión sobre el "lugar" del arte escénico en nuestra ciudad que en realidad podría ser el de muchas ciudades.

Una casa para el arte en cualquier parte

Nueva sede de Teatro El Trueque en el pasaje Cervantes



Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es realmente un cosmos”.

Gastón Bachelard.

ACTO I

“La creación en el abismo”

El Trueque

No es un fenómeno exclusivo de Medellín: quienes han tenido la oportunidad de visitar Bogotá, Manizales, Cali, Pasto u otras ciudades en las que se dan los más importantes festivales de teatro en Colombia son, sin excepción alguna, muestra de que nuestros Teatro Dionisio o nuestras Acrópolis de Atenas son casas viejas convertidas en moradas inmorales; en residencias donde muchos naufragios de delirios y quimeras echan anclas; en el hogar de quienes peregrinan concibiendo nuevos universos. Casas viejas, de las descritas en La María de Isaacs o en La casa de las dos palmas de Mejía Vallejo, o en La mansión de la Araucaima de Mutis: casas de solares grandes que incluían naranjos y aguacates, y patios en granito trazados en todo el centro de la casa, circundados por corredores en baldosa roja y amarilla o verde, casi siempre.

Casas viejas que llegaron a ser arquitecturas de la memoria y de la imaginación, muchas de ellas patrimonio ahora de la ciudad; otras, patrimonio del abandono del Estado. Y esto, lo de transfigurar una casa en una sala de teatro, no sólo es costumbre de los teatreros en Colombia, también es costumbre en Uruguay, Argentina, Chile, Paraguay, México, República Dominicana, porque no hay mejor espacio para “levantar el telón” que una casa: una casa para ponerle un café en el que se venda cerveza y ron, y en la que se pueda fumar. Y se escuche jazz hasta canción social pasando por el son cubano y la salsa; una casa con paredes en las que todavía pueda lucirse una imagen del Che Guevara o el subcomandante Marcos junto a una de Heiner Müller y Marilyn Monroe sin el estigma de lo cursi o lo kitsch; una casa a la cual ponerle techo Eternit al patio, aunque suene como guijarros rotos cada vez que llueve,  y unas 80 sillas escalonadas de a 10, porque más es muy grande la sala y menos es muy pequeña. Una casa para rasgarle un espacio en el que se pueda crear otras realidades para llenar vacíos y tomar venganza de la realidad. Porque una casa que el quehacer teatral convierte en una sede donde alojar el sueño, a su vez preserva y resguarda al soñador, su paz soñada y la del poder soñar.

Tener una casa/sede es poder perdonar la incertidumbre de la intemperie tan recia, a veces, comprendiendo esos intentos de expulsión que esta sociedad solapada tiene ante quienes desvelan la realidad, etiquetando de “naturaleza inútil” a la existencia nutrida por el arte y la filosofía.

 ACTO II

¡Cómo! ¿Un teatro sin su casa?

“Mi teatro comenzó como el de muchos grupos: en un parqueadero. Hay otros que inician en salones comunales, en las casas de los papás, en terrazas o en lugares menos pensados como sótanos, buhardillas o parques. Pero es que son los únicos espacios para ensayar, si no se tiene dónde. Si no se tiene una sede”.

Me decía Félix Londoño, director y fundador del grupo de teatro El Trueque, mientras hojeaba las lecciones de Michael Chéjov que estudia por estos días. El tinto estaba a punto de hervir, recién acababa de pasar la hora del almuerzo y tenían función.

La casa que tiene por sede hasta el mes de noviembre el grupo de teatro El Trueque, fue en la que estuvo Rodrigo Saldarriaga con su grupo El Pequeño Teatro por cinco años, hasta que en 1986 encontró puerto y ancló en su sede de Córdoba; luego, por 24 años, fue la Exfanfarria la que ocupó aquella casa hasta encontrar otro lugar para “echar raíces” como reza el dicho, y se trasladó a la vuelta con todos sus trastos y vituallas, que por cierto, al poco tiempo, cerró. Después, se establecería allí El Trueque, donde por diez años la ha habitado con su teatro, y desde la dimensión de sus utopías ha indagado cómo transformar con su quehacer artístico esta “pequeña detroit”. Diez años en el que han puesto en escena alrededor de doce obras de teatro para público infantil y adulto, hasta que, sin más, la casa fue vendida.

Londoño preparó el tinto y después de servir dos buenas tazas me dice:

“El 7 de mayo vino la dueña de la casa con la noticia de que había sido vendida, después de que nosotros ya le habíamos insistido por varios años. Que nos la vendiera que era para un fin artístico: el teatro, y ella que no, que necesitaba la plata urgente. Y nosotros no teníamos todo ese billete, como $1.600 millones que pedía”.

ACTO III

Como no nos gusta este país en el que vivimos, entonces nos inventamos otro”.

Diego Sánchez

“Todo artista está embarcado en la galera de su tiempo”, exponía A. Camus por allá en 1957 en el gran anfiteatro de la Universidad de Upsala. “Nos hallamos en alta mar. Y el artista, como los otros, tiene que remar a su vez sin morir; es decir, debe continuar viviendo y creando”.

La administración que se viene eligiendo como Gobierno para la domesticación de masas sociales y políticas del país, cada vez es más absolutista, represora e inicua; sus formas para la devastación, soterradas en leyes, evidencian que su interés máximo no es el libre desarrollo del pensamiento creativo en las artes y la cultura, sino asfixiar proyectos que permiten la disertación, la comprensión de ideas, el aprendizaje a partir de la reflexión y el respeto por la diferencia: vestigios de la inteligencia humana en una formación intelectual para lo social, lo ético y lo estético.

Se puede medir en nudos la velocidad en la que la situación de El Trueque sobre la pérdida de su sede fue difundida en la ciudad. Me encuentro con Jorge, director, actor e improvisador de teatro, en un café, y cuando le pregunto sobre dicha situación, me responde: “El problema es que no somos productivos para la sociedad, supuestamente. Si lo veo como habitantes del centro, nos quieren sacar del centro, porque el centro es para generar comercio, producción y plata. A nosotros nos pueden mover de donde sea, pero no nos vamos a acabar”.

En medio de esta Babel contemporánea la urdimbre social no cambia en sus desigualdades, las profundiza; no transforma sus contingencias, las retrasa; y sus paradojas o contrasentidos reinciden y no aprendemos.

Que El Trueque se haya quedado sin sede sólo originó una “ventisca mediática” que lo único que logró fue levantar un poco el manto de polvo bajo el cual se dan situaciones similares, sin embargo, la ventisca ya pasó y el manto volvió a caer más compacto. Ojalá hubiera tenido repercusión, pero difícilmente sucede; en su lugar ponen diques como paños de agua tibia. Se olvidará rápido, a lo sumo quedará como una anécdota más en la memoria de los propios, casi nada en los ajenos. Queda celebrar que El Trueque por su propia gestión, un mes después, ya tengan otra sede. Bien me decía la directora y actriz de teatro, Zulima Ochoa: “Los artistas somos la resistencia, pero nadie cree que somos la resistencia. Uno porque insiste y persiste, pero para mí el problema es un asunto de poderes y economía. De que el arte no vale, de que el arte no significa. La situación actual del Trueque hace visible, precisamente, la marginalidad del arte”.

El teatro es, a toda vista, el que se hace, no el que necesita de un coaching motivacional mercando crisis y desgarramientos del mundo. El quehacer artístico y teatral ha sobrevivido a las más siniestras y lúgubres épocas de la decadencia del pensamiento, y ahora está en plena contienda contra los oligopolios mediáticos que reducen el proceso de creación, investigación, exploración y realización de una obra de teatro a un trabajo de gestión que pretende administrar ética y sentidos; sensibilidades poéticas y dialécticas artísticas; un quehacer competitivo y retributivo. Un teatro hecho por el Homo economicus. En palabras de John Viana, director de Elemental teatro: “Me parece que todo esto obedece a una falta de políticas públicas culturales donde los apoyos del gobierno tienen que ser reales. Si para el gasto militar hay más presupuesto del PIB que para la cultura, a mí me parece que el mensaje que da el gobierno es clarísimo: ¡mátense! En lugar de ser: culturícense, sean inteligentes, vivan en paz”.

 ACTO IV

Sólo hay dos reglas para hacer teatro y ninguna de ellas exige tener una sede: basta con desear hacerlo… y hacerlo.

Hasta noviembre de este año 2019, subir desde La Oriental por toda La Playa hacia la glorieta del teatro Pablo Tobón Uribe, justo a la derecha, nos vamos a encontrar con una fachada pintada de blanco sobre la que se deletrea: “e l   t r u e q u e” en letras negras, yuxtaponiéndose a estas tres ventanas grandes y una reja de puerta principal, color gris. Nos vamos a encontrar más con una casa que con una sede, porque El Trueque para mí: como sede es ese lugar establecido como núcleo esencial para su oficio creativo y quehacer teatral; pero como Casa, así, con mayúscula, es el lugar del café recién hecho para poetas y mendicantes, músicos, titiriteros, hacedores de sueños y palabras; militantes, profetas, granujas y todo aquel o aquella que quiera asomarse a  esta sustantividad desaforada que  abreva constante de la generosidad de la imaginación. Es una Casa como todas las casas que al servirse del quehacer teatral hacemos probables nuestras vidas.

El Trueque es el espacio en el que cohabitan Mauro, Farley, Bukowski, Tejada, Dieguito, Arango, Pinocho, Lolita, Freidel, Camilo. En El Trueque todo el tiempo se está ensayando la vida, porque el tiempo que queda para ensayar la obra de teatro es durante la función. El Trueque es ahora el nombre de un suceso en el quehacer de nuestro oficio: desplazamiento, exilio, desarraigo, acontecimiento nutrido por la misma realidad de nuestra ciudad de la obsolescencia, del olvido adiestrado y, a su vez, sugerido por un gobierno que cree dar reconocimiento a lo que a medias conoce. Hoy día, El Trueque tiene sobre sí mismo una luz cenital, que lo despoja de números estadísticos. ¡Qué aproveche, ahora! Diría yo. Qué visibilice a los que todavía no han desaparecido y están, agónicos, en la sombra. Que le pongan voz a los que están amordazados con el olvido, pero qué va: no es su competencia, ni la de nadie. Cada grupo de teatro pesca para su función.

Londoño termina su taza de tinto, mira el fondo vacío de la mía y con un gesto me pregunta si quiero otra, yo le afirmo con la cabeza.

Mientras sirve me cuenta sobre Arlequín y los juglares, un grupo de teatro que, después de tener la oportunidad de comprar su casa con la ayuda del gobierno, el dueño le incrementa el costo, inhabilitando el acuerdo, convirtiendo su casa en aire.

- Y así hay varios grupos que están en el aire, por decirlo de alguna forma.

- Cuáles – le pregunto.

- Ziruma, por ejemplo, Romero está buscando hace rato cómo comprar esa casa. También está Teatriados y Viva palabra. Y donde está Jaiver, el teatro de Oficina –pone las tazas con tinto servidas frente a nosotros–. Y eso que no estamos contando los grupos que después de tener una sede, cerraron, y se hicieron itinerantes o los que desaparecieron porque no pudieron sostener una casa.

En Medellín todo tipo de teatro es una dramaturgia de lo breve, lo fugaz, lo perecedero. El teatro en Medellín se permuta, se vende y se alquila, se da en cuotas o en actos de abnegación definitivos. En esta ciudad por escenario, un grupo de teatro parece que no requiere una sede.

- El trabajo es en pro de ese público que nos quiere tanto.

- O sea que no importa el espacio –le pregunto.

- No, no importa, o sí, el espacio sí importa como referente de la ciudad, pero a mí, particularmente, lo que me importa es seguir haciendo teatro. Pueden tumbar un edificio, pero un sueño no. Y El Trueque es un sueño. El Trueque no son estos muros. Es un sueño, sea aquí o en cualquier parte, pero la idea es no dejar de hacer teatro.

 ACTO V

“El conjuro de los dioses”.

El Trueque

Es en palabras de Londoño donde se pierde la importancia nutrida por lo mediático: el problema no es que El Trueque se quede sin sede, ya que, como una tortuga o un caracol, El Trueque se va con su teatro a otra parte, a la calle Cervantes diagonal a la escuela de Bellas Artes de Ayacucho, sin oraciones frenéticas, donde ya tienen una función de inauguración programada; el problema es que no hay solidez en los espacios que se abren a la cultura y al arte, porque la sociedad (Estado y público) no le interesa invertir en lo que no es rentable y prefiere dejar que un posible espacio de interés cultural sea convertido en un parqueadero o un micro mercado, y cuando hay un espacio, tampoco hay solidez en la conformación de un grupo, porque ya no es la época de Ionesco en la que era absolutamente necesario el arte y el teatro, aunque fuera para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya.

“Usted es una buena persona. Se le nota. Pero yo necesito la plata. Y ya vendí”, me narra Londoño mordiéndose la uña del dedo pulgar antes de dar un sorbo largo de tinto recién hecho. “Van a vender todo esto para hacer un puto parqueadero. Estamos es cagados, ¿no?”. Yo le respondo que sí y se nos vienen a la memoria otros grupos, de otras casas/sedes que, después de perder la casa, casi siempre por razones económicas, se hundieron en la boya del olvido y quedaron sus nombres escritos en los anales empolvados de una historia acrítica y proclive a repetirse, sobre todo si se trata arte y cultura: Teatro libre, Teatro estudio, El aquelarre, El tinglado, El búho, El triángulo, El bululú, Caja Negra, El duende, El grupo, El teatro El castillo, All Improviso, Los títeres renacuajo, El convite, Público teatro público, Escuela popular de arte (EPA), El taller de las artes, Fractal teatro, Teatro ambulante, Teatro estudio de Medellín, La mancha, Palabra y gesto… No son todos: ni salas de teatro, ni salas para teatro, ni todos los nombres de grupos de teatro, porque han mutado unos o porque sólo están en la memoria teatral de Medellín, entre los Jirones de memoria como intitula el gran maestro de la ubicuidad su libro, ahora en su ausencia: Ramiro Tejada.

Digan lo que digan y hagan lo que hagan, el teatro persistirá más allá del mito o la leyenda, porque el teatro, por la potestad que tiene para rasgar la realidad, cuestionándola, sigue siendo el mejor lugar creado por el ser humano para tenerse así mismo como una experiencia de vida para compartir.

Por eso el teatro no es de muros y techos, sino de hombres y mujeres que quieren, con su poética, transformar el mundo, aunque sea un poquito, y para ello, el teatro y las casas siempre serán lugares en los que asiduamente celebraremos el hallazgo y construcción de otras necesarias realidades.

- Desde que haya teatro, entonces, no importa si la casa es en el aire.

-No importa –me dice Londoño mientras se toma el último sorbo de café y se levanta sonriendo porque en 20 minutos tiene función de Sherlock Holmes, en busca del rubí de la condesa, su última creación con el grupo para público infantil.

 

Nota 1: Cuando este texto fue escrito, el grupo de teatro El Trueque tenía programada la inauguración de su nueva sede para el día 28 de junio, finalmente convocada y realizada con éxito.

Nota 2: De igual forma celebro que el grupo de teatro Ziruma haya ganado la convocatoria: Ley de espectáculo público – compra, de la Alcaldía de Medellín.