No vemos las cosas como son, sino como somos

Noticias | Lunes 04 de febrero de 2019
Mario Sánchez Vanegas
teatrodetritus@gmail.com

¿Cómo se puede hablar de una obra de teatro? ¿Cómo responder a la pregunta sobre qué tal nos ha parecido una puesta en escena, luego de verla? Este texto puede darnos una idea para expresar nuestras percepción luego de una visita a una sala.

No vemos las cosas como son, sino como somos

Tomada de programacionauditorium.blogspot.com



“La crítica es un reflejo de la sociedad”.

José Monleón

 

¡Deshagámonos del miedo a hablar de teatro! ¡Despojémonos de tanto prejuicio! ¡Hagamos mierd* el ego y hablemos del quehacer teatral de la ciudad!

¿Miedo, prejuicio, ego? Sí, son los filamentos que usted como espectador(a)/público/lector(a) usa para maniobrar en silencio y en aparente indiferencia lo que puede estar haciendo que el quehacer teatral de la ciudad sea un archipiélago que, en lugar de compartir y departir sobre las artes escénicas, es una “ciudad teatral” llena de islas y cada una en su burbuja, o dígame si sabía que hay sólo en Medellín más de treinta salas de teatro y casi todas con su grupo de planta, lo que hace que sume más de sesenta grupos de las artes escénicas que dinamizan la cartelera cultural de la ciudad, si contamos los grupos sin sede, o usted es de los que sólo ha oído de dos o tres salas de teatro y sólo va a una de ellas.

Comencemos por quitarnos el miedo a hablar. Ya es de cajón decir que “no vemos las cosas como son, sino como somos”, y es que es una expresión tan manoseada ya, que es apócrifo de Kant, Krishnamurti y hasta de Anaïs Nin, pese a ello, en su esencia da cuenta de la invitación a abrir el debate sobre el sentido, necesidad y consolidación de un foro o tertulia teatral entre el transeúnte o público espectador de a pie y los artistas creadores del quehacer teatral de esta ciudad y por qué no, al tiempo poder convenir igual diálogo entre los mismos creadores, críticos y estudiosos, e iniciar una deconstrucción o desmontaje de tergiversaciones, inconsistencias y/o contradicciones con las que nos tropezamos en el quehacer teatral, logrando tal vez, una reconstrucción desde su resignificación.

En otras palabras, y nos quitamos los prejuicios, este texto es una de las muchas invitaciones que hay para que enriquezcamos recíprocamente la aptitud y la actitud sobre el diálogo, haciendo de éste un instrumento de disertación para revelar que no hay una sola verdad, ni en lo creativo, ni en lo estético, ¿les parece obvio? No, porque casi no lo hay. Esta práctica que podemos llamar dialéctica, porque es el acto que suma la persuasión, el debate y el razonamiento de ideas diferentes, y que sería entre el público [espectador y lector] y los que hacemos teatro, reinaugura un lugar o momento que ha vigorizado el oficio del teatrista, desde el dramaturgista pasando por el luminotécnico/a, vestuarista, escenógrafa/o, actor/actriz, llegando al público espectador. Y entonces, perdemos el ego, porque el alma cuando sueña es teatro, actores y auditorio.

Ahora, como espectador(a)/público/lector(a): “¿cómo y qué decir de una obra de teatro después de verla?”, la contrariedad mayor ante esta pregunta es el desconcierto o laberinto que hay al tratar de darle respuesta y no porque no la tenga, sino porque no tiene una única respuesta; y tampoco hay norma, canon o algún método consistente para analizar una propuesta teatral en cuanto obra de teatro; lo que sí llama fuertemente la atención es lo evidente de cómo muchos de los argumentos al momento de comentar o criticar una propuesta teatral, pasan por encima de lo estético, lo técnico y lo poético, siendo este una especie de “tríptico idiomático” del que se vale el teatrista para comunicar su arte, prefiriendo advertir desde lo personal generalidades forzosamente falsas, pues el teatro, siendo una realidad empírica, “no se deja aprehender exhaustivamente desde ningún punto de vista [...]. Por consiguiente, el fervor metodológico no debe impedirnos admitir con humildad que la crítica es, obligatoriamente, «siempre incompleta», sino ayudarnos a buscar un mejor equilibrio entre la fidelidad a los hechos y la coherencia del sistema, entre «la sensibilidad a las obras y la capacidad de pensarlas»” (Todorov, 2005:150), dicho de otra forma, cuando decidimos hablar con un carácter analítico, describiendo lo que vemos y sentimos, interpretando los cómo y los por qué, para finalmente valorar el espectáculo teatral, estamos actualizando significados y asignando múltiples sentidos a la obra; una osadía necesaria de la que hoy día adolece el teatro de la ciudad, una práctica dialéctica que no está subordinada al espejismo infranqueable de la erudición, ya que sería un franco y espontáneo comentario, ¡un franco y espontáneo comentario! Lo que García Barrientos define como: “expresión reflexiva de esa experiencia [con la puesta teatral]. [Y que] Por eso en el comentario se ponen de manifiesto no sólo cualidades del texto, sino también del comentarista. Y por eso es un buen instrumento, un buen ejercicio, para medir capacidades y bagaje o poso cultural, esto es, conocimientos integrados o asimilados, más que conocimientos específicos, fruto de un estudio particular” (2012:24).

Es evidente el deterioro en el que está la mesa de disertación teatral de la ciudad, el debate que hay ahora es raquítico [si lo hay] y eso como vestigio de lo que hubo años atrás, tiempo en el que había una exhortación provocativa a las miradas canónicas; tiempo del que hacedores y comentaristas se escabullían de los modos de ver y hacer un tipo de teatro taxonómico, normativo, secular o arcaico; ausencia destacable más ahora, cuando “la teatralidad comenzó a variar su arquitectura y lenguaje; con menos peso en el discurso verbal, desestructuración de la fábula, cambios radicales en la noción psicologista del personaje, ruptura con el principio de mimesis y con el realismo decimonónico, y una acentuada preponderancia de lo corporal y lo vivencial”. (Diéguez,2014:22) Todos y todas sabemos que hay técnicas y estéticas en emergencia, irrumpiendo formas, estilos y contenidos de las artes escénicas en general y del teatro en particular, pero si usted como espectador(a)/público/lector(a) no tiene otra inquietud más allá del costo de la boleta o si prefiere seguir aplaudiendo sin escrúpulo alguno una propuesta con la que se siente timado o es de los que prefiere tragarse la lengua y no preguntar o comentar libremente lo que piensa porque le da vergüenza, créame que le está haciendo daño al teatro, además, puedo asegurarle que un 98% de todos y todas las personas mezclan sudor, sangre y alma en lo que usted ve sobre el escenario y que todas ellas y todos ellos estarían dispuestos y disponibles a escucharles lo que de su propuesta quieran decirles, no sobra decir que con respeto, por supuesto.

Ojalá que, por algún efecto percutor, este escrito llegue a artistas y creadores del quehacer teatral, no obstante, es un escrito directamente para usted como espectador(a)/público/lector(a) de las puestas teatrales de la ciudad, que es tomado muchas veces como un holograma deslucido que aplaude desde la penumbra, cuando “el verdadero escenario es la mente del espectador”, la suya.

Ahora, dicho todo lo anterior, voy a aventurarme a sugerir tres (3) puntos de vista - sin perder la condición caleidoscópica y ecléctica que tiene toda cosecha de sentidos - para que como espectador(a)/público/lector(a) comencemos por estimar el aplauso como el primer momento de valoración de una puesta teatral que lleguemos a ver/presenciar. Nunca llegarás como espectador(a)/público/lector(a) a ver “tu obra de teatro” si te paras a aplaudir todo lo que presentan.

Sugiero entonces, leer la coherencia de una puesta teatral, por ejemplo, pero no en su sentido de lo “consecuente”, no sólo de cuando una acción dramática va tras otra como un escueto e impositivo orden de cosas que suceden sin más, causas y efectos trazados de forma unidireccional como se toma en muchos casos, no; leer la coherencia desde su sentido etimológico, que es cuando es designada como cualidad de lo que presenta una conexión o relación interna o global de sus distintas partes entre sí, sin importar su orden espacial o temporal.

Vale decir que, si como espectador(a)/público/lector(a) no encontramos un vínculo, enlace o, al menos, una afinidad entre los diferentes dispositivos teatrales, el dilema a resolver no es nuestro, el dilema es de la puesta teatral y su composición escénica para comunicar. Moción de aclaración: cuando comunicamos, si el “mensaje” no es claro, casi siempre en los factores de la comunicación el problema inicia en el emisor (grupo de teatro), luego pasa al código, sistema de signos o mensaje (puesta teatral) y finalmente, al receptor (público espectador).

Quiero agregar que cuando se lee/especta la puesta teatral como un dispositivo, este es un concepto foucaultiano de apreciación que permite visualizar el funcionamiento de las relaciones existentes entre saber-poder dentro de la práctica teatral (Di Sarli: 2011)

 Después de poner en consideración la coherencia, podemos valorar la trascendencia de la interpretación que nos propone la puesta teatral, esto es, qué grado de vigencia, competencia, seducción, singularidad y vértigo metafórico - o cualquier otra figura retórica-, en su grado de atribución de nuevos posibles significados, nos plantea o suscita, pues el teatro no debe ser una simple copia de la realidad misma, para eso están las novelas en televisión y el cine que entre “más real” parezcan son de mejor calidad, sino esa hacha que rompe el mar helado que hay dentro de nosotros, si lo dijéramos con palabras de Kafka. No perdamos de vista como espectador(a)/público/lector(a) la capacidad polisémica, el ingenio y la destreza con la que la obra pone a dialogar los más disímiles dispositivos teatrales en un mismo y posible cosmos.

Y para mi tercera sugerencia quiero citar de Erika Fischer-Lichte el siguiente aparte de su texto Estética de lo performativo (2017), cuando expone sobre el espectador(a)/público/lector(a) que: “Los procesos de generación de significado en las realizaciones escénicas [...] el espectador no los realiza a distancia, sino en la medida en la que se implica. Aunque «internamente» mantenga una distancia con la realización, se recline aburrido en su butaca e incluso cierre los ojos, o aunque exprese su desafecto con comentarios irónicos en voz alta, con ello toma también parte en ella, es decir, interviene en la autopoiesis [en la reproducción de la obra misma] del bucle de retroalimentación. Mientras permanezca en la sala no puede no tomar parte”, (2017:309). Lo que en palabras del cineasta Billy Wilder para quienes pertenecemos al oficio del teatro sería: "Yo también tengo diez mandamientos, y los nueve primeros son: No aburrirás". En este punto y para cerrar, quiero decir a modo de sugerencia, entonces, que nada nos obliga como espectador(a)/público/lector(a) a que la obra de teatro sea de nuestro gusto, placer o disfrute; no tiene que ser de nuestra total aprehensión o comprensión intelectual todas las puestas teatrales o escénicas; que nuestra experiencia con una vivencia teatral termine en un “no entendí un comino” o un “me aburrí, porque no sentí, ni percibí nada” o un “todos se rieron menos yo” no es nada paranormal, lo mismo sucede con el cine, hay quienes dialogan o se identifican mejor con algunas películas de Steven Spielberg que con las de Hayao Miyazaki o las de Yorgos Lanthimos, y algunas, no todas. Otros ejemplos evidentes son la literatura, la música, la pintura, la fotografía, la arquitectura, el Net.art, etc.

Son tres sugerencias sencillas que invitan a no hacer parte de ese juego en el que como espectador(a)/público/lector(a) pasamos por hipócritas aplaudiendo una propuesta que no disfrutamos, con la que no logramos conectarnos, por ejemplo - créanme que ese aplauso es más significativo que cualquier otra forma de “crítica/comentario” -; no hacer parte de ese juego en el que nos convertimos en la caricatura de la adulación de una propuesta que no nos deja nada en los sentidos ni en el sentir; de una propuesta que no nos deja qué reflexionar.

No alcanzamos a imaginarnos cuánto daño le hacemos al quehacer teatral cuando, como espectador(a)/público/lector(a) nos enmascaramos de lisonjas y halagos.

Si una puesta teatral nos aburre tenemos todo el derecho de abandonar la sala de teatro y el deber de generar la oportunidad de hablar, comentar, disertar con quienes hayan hecho la (a)puesta; seguramente las dos partes, público - obra de teatro, nos lo vamos a agradecer.

Escribía al inicio que “no vemos las cosas como son, sino como somos”, y puede ser porque, finalmente, al verlas debemos ser conscientes que lo que diremos de ellas es una proyección de nosotros mismos sobre la obra o la puesta teatral misma.

Gracias por leer, comentar y compartir.