Lo que aprendí del Bondage

Noticias | Lunes 03 de julio de 2017
Juan Diego Alzate
juanalzate@salallena.com

El bondage es una práctica erótica que consiste en inmovilizar el cuerpo, vinculada a los actos del sadomasoquismo y la dominación. Me fui de cuenta de la redacción al taller que dictó Gozo Vital en Sala Sentidos, a ver si aprendía cositas.

Lo que aprendí del Bondage

Juan Diego Alzate



Cuando te hablan del bondage piensas, básicamente, que se trata de amarrar a una persona que te vas a follar. Pero ese no es necesariamente el fin de esta práctica. Sí, consiste en inmovilizar a alguien por medio de cuerdas o cintas pero para procurarle placer: el placer de sentirse sometido o de ejercer la dominación. Vamos por partes. Lo primero que hay que entender del bondage es que es un acto fundado en la confianza y el cuidado. No se puede amarrar a la loca a una persona y ya. Eso tiene sus detalles, sus reglas, su estética, su modus operandi.

Las cuerdas con las que atas pueden ser suaves y elásticas pero si deseas más fricción puedes utilizar cuerdas de fique o yute, eso depende de lo que la otra persona quiera. Obviamente, para practicar el bondage debes aprender mínimo unos cuatro o cinco nudos y aquí fue donde agradecí todos esos años que estuve en los scouts y que en eso de las cuerdas siempre fui muy ñoño. Nudos, me sé un montón para diferentes usos. ¿Qué vueltas las que da la vida, no? Cómo un conocimiento que creias útil e inocente puede tener su lado erótico.

Gozo Vital, nuestro instructor, nos abre un baúl y empieza a sacar una gran cantidad de cuerdas de diferentes calibres, texturas y colores. Nos muestra la forma de organizarlas, para evitar que se enreden y nos da algunas indicaciones para su manejo. Y entonces nos habla de la transverberación. Nos cuenta la historia de ese placer místico que en la religión católica se asocia con la experiencia de dolor profundo, por ejemplo, el infringido por un querubín a una santa mediante un dardo, haciendo que sea al mismo tiempo éxtasis de placer indescriptible.

- Lo que podemos buscar a través del bondage es precisamente eso, que encontremos esa sensación de disfrute a través del dolor, alcanzar la transverberación- puntualiza Gozo.

Claro, no se trata de maltratar a tu pareja sino de ir canalizando esa sensación de una forma controlada para que, en efecto, se logre ese éxtasis cercano a la experiencia mística.

- ¿Te han amarrado alguna vez? – me pregunta.

- Sí, me han amarrado -  contesto un poco sorprendido.

-  ¿Y cómo te fue?

 - Pues, la sensación fue ambigua. En realidad creo que prefiero atar - Le respondo, dudando un poco.

Iniciamos el taller con el shibari. Esta forma de atadura es de origen japonés y tiene una finalidad estética, ya que se trata de hacer con el lazo amarres y nudos de forma simétrica alrededor del cuerpo. Su origen nos remite al hojojutsu, una de las  técnicas usada por los samuráis en el siglo XV para apresar a enemigos y criminales, mediante la cual lograban inmovilizar e incluso torturar efectivamente a sus capturados y bueno, todos sabemos el empeño que los japoneses le ponen a las cosas que hacen, así que no es de extrañarse que por la belleza de sus tejidos sea uno de los principales referentes del bondage hoy en día.

Esta técnica era tan compleja que por los tipos de nudos y ataduras que hacían podías saber, por ejemplo,  el crimen del capturado y su clase social. Así de detallistas son los nipones. Su tránsito de arte marcial a práctica erótica fue dándose de forma gradual con los siglos y hoy en día adquiere un refinado carácter artístico dentro del universo del BDSM (sigla que resumen el Bondage, Dominación, Sado- Masoquismo).

Aquí tomé a mi acompañante y empecé la faena. Claro, fui con acompañante, ¿qué creían? ¿Qué me iba a ir solito a un taller de bondage a ver si alguien se apiadaba de mí o que tuviera que esperar a ver quién se dejaba amarrar? Ni de fundas. Había que ir sobre seguro para aprovechar esta experiencia, así que acordé con Victoria para que fuera mi “copiloto” en este viaje, una seudo pariente y amiga con la que tengo la suficiente confianza para estos menesteres y que estaba entre emocionada y cagada del susto porque no tenía ni idea a lo que se iba a enfrentar. Al taller asistimos ocho personas, algunos ya tenían cierta idea del asunto y otras se conocían entre sí o habían sido invitados por el instructor. El ambiente era bastante ameno y confortable y eso permitió, alentados por Gozo, que la práctica fuera muy divertida y provechosa.

A Victoria le costó un poco aprender los nudos y lamentó no haber sido scout, pero una vez los entendió se dispuso a tejer su shibari sobre mí con muy buen resultado. Luego empecé mi tejido sobre ella y de repente me sentí entregado por completo a la labor. Un nudo para poner la cuerda de color rojo alrededor de los hombros y sobre el pecho, bajando entre los senos y rodeándolos hasta la espalda, con unos nudos específicos para anclar el lazo. De ahí volví al abdomen y los crucé, bajé entre sus piernas y rodeé sus nalgas para luego cerrar esa parte del tejido con un amarre sobre un costado, a la altura de la cintura. Luego tomé otra cuerda, morada, bajé a las caderas, ceñí las nalgas de Victoria, luego su cintura y subí el lazo para unirlo por la espalda rematando por el frente con nudo de doble Carrick. Gozo se acercó y me corrigió algunos detalles, me pidió que ajustara un poco el lazo pues estaba algo flojo en algunas partes. Apenas ceñí los nudos el efecto fue magnifico. Las gentiles formas de Victoria adquirieron más volumen y firmeza.

- ¡Qué belleza! ¿Si ves? ¿No te dan ganas de morderlas?- dijo Gozo emocionado.

Y sí, la verdad daban ganas de morderlas.

Luego vino la suspensión. Una caña gruesa de guadua unida firmemente al techo sería el soporte. Gozo le habló a uno de los chicos que nos acompañaba.

- ¿Tú quieres cierto? Se te nota que tienes unas ganas de que te cuelguen.

Y todos, reímos porque en su rostro vimos un gesto muy concreto de aceptación.

Aquí vimos los nudos adecuados para la inmovilización de las extremidades. No puede ser cualquier nudo, no señor, es un nudo de escape, que permite cierta comodidad sin constreñir demasiado y que puede ser fácilmente desatado. En estas prácticas hay que tener siempre algo de precaución, pues un descuido puede provocar un accidente y no queremos que eso nos suceda. Ya casos se han visto.

Gozo nos mostró con este compañero el amarre para ambas muñecas y cómo disponer el lazo sobre el soporte para que el peso se pueda soliviar sin problemas, con un giro sobre la guadua (qué noble material es la guadua, pensé), lo suspendió de rodillas en el suelo sostenido de sus muñecas, procedió a atarle una de las piernas en la flexión de las rodillas, para que la suspensión fuera más cómoda. Una vez lo tuvo ya a cierta altura del piso, tomó su otra pierna atándola por el tobillo, llevándolo a una suave contorsión, en la cual nuestro amigo ya mostraba en su rostro un rictus entre dolor y agrado. Cuando Gozo templó un poco más la cuerda, exhaló un quejido y su cabeza se descolgó en un inequívoco gesto de placer. Durante algún tiempo más nuestro compañero se dejó estirar, elevar y ceñir entre gemidos, uno que otro quejido y finalmente, cuando lo estaba descolgando, hela ahí…

-¡Si ven! ¡ahí está! Esa es la transverberación.

La expresión de su rostro al momento de la liberación manifestaba sin duda alguna lo que Gozo nos había contado al comienzo.

Victoria me miro con asombro y me dijo con firmeza: - Yo no me voy de aquí sin que me cuelguen.

Y claro, a Victoria la colgaron del shibari que le había tejido, la suspendieron por uno de los tobillos y el pelo, que nos explicaron como atar de forma adecuada. Y ella lo disfrutó cantidades, se sintió levitar y cuando la bajaron de allí era una criatura plena y feliz.

El universo del bondage podría dividirse entre los que atan y los que son atados, pero eso sería reduccionista. Son simplemente los roles y tienen múltiples matices.

- Hay gente que dice que prefiere atar, pero luego se dejan suspender y se dan cuenta de otras cosas, así que eso no es siempre un asunto constante - aclara Gozo al final del taller.

Luego de despedirme de Victoria me fui a tomar un tinto y a comerme un croisán en una panadería de la ochenta, mientras desmenuzaba un poco la experiencia que acababa de tener.  La gente normalmente se escandaliza de estas prácticas y las censura, aunque por dentro se mueran de ganas de conocerlas. Además,  atar y ser atado es algo que tendremos que vivir muchas veces, de formas distintas a lo largo de nuestra vida.

Yo creo que al menos tratar de sacarle provecho y ver cómo disfrutarlo podría ayudarnos a jugarle de otra forma a esas circunstancias. Al fin y al cabo, luego del dolor o el placer siempre llegará el momento de soltar y curiosamente con la vida sucede lo mismo que con el bondage, justo luego de liberar empieza siempre una plácida calma.