Fui víctima de Las Peluqueras Asesinas

Noticias | Lunes 01 de mayo de 2017
José Ricardo Alzate G.
josealzate@salallena.com

En confusos hechos ocurridos al medio día del pasado sábado 29 de abril, en plena Plaza Botero, tuve una afilada experiencia de la que logré salir bien librado. Esta es la historia.

Fui víctima de Las Peluqueras Asesinas

Antes y después del Motilof, evento del Museo de Antioquia, que saca a la calle La Peluqueria.



Llegué a eso del medio día a la Plaza Botero y en una carpa frente al Museo de Antioquia ya estaba instalado el espacio: cinco sillas típicas de peluquería con su respectiva peluquera, cada una dando vueltas y lanzando cortes, entre tijera y barbera, alrededor de la cabeza del arriesgado de turno. Nada de espejos, sólo uno pequeño y apartado en un rincón.

Hice la fila durante unos 20 minutos y me anoté. Tuve que firmar un consentimiento informado, algo así como que si me iba mal, ya estaba advertido. En 20 minutos más me las vería con mi suerte. Mientras esperaba en la banca se me acercó un joven flaco:

- ¿Están peluquiando (sic) gratis?
- Pues sí, ya que lo pienso.
- ¿Y qué hay que hacer?
- Te anotás ahí en esa fila y te sentás donde te toque cuando te llamen, pero no podés pedir ningún corte, ni nada. Ellas te hacen lo que les dé la gana.
- ¿Cómo así, por qué?
- Le dicen Las Peluqueras Asesinas
- ¡Ahhh no, mejor me quedo así!

El flaco se fue derecho por Carabobo, pero en realidad nunca me pareció que necesitara un corte. Así vi muchos en la fila, que pillaban la situación pero cuando les explicaban que su cabello era algo así como un lienzo donde la peluquera dibujaría, que el corte de cabello era una forma expresión, de arte, que no podías pedir diseño ni elegir peluquera, decían que mejor no y que gracias. Otros que se anotaron nunca aparecieron. Pero los entiendo: incluso uno sabiendo a lo que va, siente culillo.

Me tocó con Pilar. Luego del intercambio de nombres, de sentarme y del nudo a la capa, me la soltó de una:

-¿Tienes alguna restricción o vienes de mente abierta?

Uno se la piensa bien: - Tengo una cicatriz grande, aquí en la cabeza, es todo. – Le dije.

- ¿Entonces, puedo hacer lo que quiera?
- Lo que te dé la gana- sentencié.
- ¿A qué te dedicas?
- Soy actor de teatro y periodista. 

Comenzamos a conversar y Pili (aquí ya entrados en confianza), me contó que es peluquera hace diez años, profesional hace cinco y que hace parte de este grupo de peluqueras hace año y medio, más o menos. Todas son de Bogotá, donde hace casi diez existe un local ubicado en el centro histórico de La Candelaria, llamado La Peluquería, a secas, y es desde este centro de operaciones que fueron ganándose a pulso y con el tiempo, como sucede con todo en el bajo mundo, el nombre de “las peluqueras asesinas”. Y así se quedaron.

Luego de un par de minutos, me doy cuenta de lo inusual de la situación: un montón de gente me observa mientras meten tijera y barbera en mi cabello y sus reacciones son entonces el único espejo que tengo para intuir medianamente cómo va la cosa. Hay varios con gesto de preocupación, otros con cara de curiosidad indefinida, no hay una única expresión entre quienes me miran y para colmo, la amiga que llegó a acompañarme tiene una mano en la boca. El público no se pone de acuerdo con eso de exteriorizar y eso ya me pone un poco tenso.

Para relajarme un poco le pregunto a Pili si Las Peluqueras vienen mucho a Medellín. Ella me dice que esta es como la cuarta vez que vienen invitadas por el Museo de Antioquia, pero que para ella es su primera vez (qué ternura). Entonces le pregunto si alguna vez alguien se le ha ido enojado o furioso y ella me responde que no.

- Se pueden ir asombrados pero, hasta ahora, nadie se ha ido enojado.

Yo me voy tranquilizando, pero entonces Pilar me dice:

- Mmm… Oye, este pelo está como largo, me dan ganas de hacerle el “killing”. Y en efecto le hace killing al pelito. Luego de un par de viajes de tijera, de pasar y repasar barbera, me abanica el rostro con una escobita suave para quitarme los pelos y anuncia: - Listo.

Y es aquí justamente donde el performance de Las Peluqueras Asesinas opera, en el instante en que te levantas de la silla y el resultado del trabajo de la artista será develado, es el vértigo, el hueco en la panza, esa sensación del misterio a punto de resolver, del secreto que no lo será más. La magia sucede cuando te ves en el espejo y la espera, aunque corta, ya ha hecho crecer la expectativa, en solo minutos.

Y de la sorpresa, claro, sigue el agradecimiento. Entendí porqué todos los que se paraban de la silla abrazaban a su peluquera, porque en esa suerte de que te corten a ciegas está todo el talento de una buena peluquera. Ahora me queda claro porqué ellas ven en su oficio algo más cercano al diseño y el arte, ellas crean para nosotros una forma de vernos que nosotros mismos no hemos visto aún.

Ser motilado por estas chicas es una cosa parecida a saltar con un lazo por un puente, al final el resultado es toda la experiencia, completa, no solo el corte. Hay algo maravilloso en poner tu cuerpo, con confianza, en alguien que no conoces y ver que logra contigo algo que no imaginabas.

Llegué a casa y le pregunté a mi hijo, de seis años: - ¿Qué te parece, te gusta?
Y él riéndose me dijo: - ¡Me gusta! Siquiera te cortaron ese pelo largo de acá arriba.
Pilar, gracias, lo del “killing” fue una buena idea.